Revista Vox Iuris – Universidad del Istmo
En el marco del 25 aniversario de la Facultad de Derecho de la Universidad del Istmo, conversamos con Gabriel Cabrera, egresado de la casa de estudios y abogado en ejercicio. La entrevista transcurre con una cercanía poco habitual: más que un formato rígido de preguntas y respuestas, se siente como una conversación pausada, reflexiva, donde cada respuesta deja ver no solo la experiencia profesional, sino también una manera particular de entender el Derecho y el sentido de ejercerlo.
Una vocación que no cambió con el tiempo
—Licenciado Gabriel, para comenzar, nos gustaría conocerte un poco más. ¿Podrías contarnos sobre tu trayectoria y a qué te dedicas actualmente?
—Claro. Pero antes, algo importante: prefiero que me digan Gabriel. Siempre me ha parecido que uno no debería reducirse a su profesión. El nombre que te dieron dice más de ti que cualquier título.
Soy egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad del Istmo y, si tuviera que resumir mi historia, diría que es bastante lineal en un aspecto: desde muy pequeño supe que quería ser abogado. No fue una decisión que apareció con el tiempo ni algo que fui cambiando; siempre estuvo ahí.
Recuerdo que en primaria, mientras mis amigos hablaban de ser futbolistas o bomberos, yo decía que quería ser abogado. En ese momento uno realmente no sabe qué significa, pero esa idea, de alguna manera, se fue consolidando con los años.
Curiosamente, no vengo de una familia de abogados. Existe un antecedente lejano, mi bisabuelo Manuel María Ávila Ayala, pero fuera de eso, no era un camino marcado. Sin embargo, tuve una cercanía muy importante con la familia Callejas, quienes sí son abogados. Más que una referencia profesional, fueron una influencia cercana, casi familiar, que terminó marcando mucho mi desarrollo.
Hoy en día, mi práctica profesional se enfoca en tres áreas principales: impuestos, arbitraje y fraude corporativo. Trabajo en la firma Carrillo & Asociados desde 2017, pero empecé a trabajar desde segundo año de la universidad. Esa combinación de estudio y práctica fue determinante en mi formación.
Entender el Derecho como un sistema
—Siempre tuviste clara tu vocación, pero si no hubieras estudiado Derecho, ¿hacia dónde crees que te habrías inclinado?
—Probablemente hacia Economía o Ciencias Políticas. Son áreas que, al igual que el Derecho, buscan entender cómo funciona la sociedad.
Con el tiempo fui entendiendo que el Derecho no es simplemente un conjunto de normas. Es, en realidad, un lenguaje que organiza la convivencia. A través del Derecho se estructuran las instituciones, se resuelven conflictos y se da forma a relaciones humanas que, sin ese marco, serían mucho más caóticas.
Algo que siempre me llamó la atención es que detrás de cada norma hay una razón. Nada está ahí por casualidad. Puede haber contexto histórico, intereses, valores… pero siempre hay una lógica que vale la pena entender.
Y también está el componente humano. Al final, ser abogado implica trabajar con problemas reales, con situaciones que las personas consideran importantes en su vida. Esa dimensión no siempre se percibe en la universidad, pero se vuelve muy evidente en la práctica.
Elegir dónde formarse
—¿Por qué decidiste estudiar en la Universidad del Istmo?
—Fue una decisión bastante pensada. Visité varias universidades y traté de entender qué ofrecía cada una. Lo que buscaba era una formación que fuera más allá de memorizar leyes. Quería aprender a pensar jurídicamente: argumentar, analizar, cuestionar.
La UNIS me convenció precisamente por eso. Tiene un enfoque riguroso, pero también muy orientado a la práctica. Las actividades extracurriculares, las simulaciones, los ejercicios de argumentación… todo eso hace una diferencia.
Creo que algo que caracteriza a sus egresados es la capacidad de sostener un argumento. No solo decir algo, sino poder justificarlo, explicar de dónde viene y defenderlo con coherencia. Y eso, en la práctica profesional, se nota muchísimo.
Cuando el Derecho cobra sentido
—¿Hubo alguna clase que te marcara particularmente?
—Sí, Historia del Derecho. Fue una de las materias que más me cambió la forma de ver la carrera.
Ahí entendí que el Derecho no es estático. No es un conjunto de reglas que siempre han sido así. Es algo que se construye, que evoluciona, que responde a su tiempo.
Comprender el origen de las instituciones, ver cómo han cambiado, entender por qué existen… todo eso te permite ver el Derecho con mucha más profundidad.
Dejas de memorizar artículos y empiezas a entender el sistema.
Aprender haciendo: los moot courts
—Sabemos que participaste en moot courts e incluso hoy eres coach. ¿Cómo fue esa experiencia?
—Fue, sin duda, de las experiencias más importantes de mi formación.
Participar en un moot es muy distinto a estudiar para un examen. Te obliga a investigar a fondo, a estructurar ideas, a anticipar preguntas difíciles y a defender tus argumentos frente a personas con mucha experiencia. Participé en varios, incluyendo Moot Madrid, donde llegamos a la final. No ganamos, pero eso terminó siendo lo de menos. Lo valioso fue el proceso.
Ahí te das cuenta de que puedes competir con estudiantes de otros países al mismo nivel. Y también desarrollas habilidades que son fundamentales: trabajo en equipo, manejo del tiempo, pensamiento crítico, capacidad de reacción.
Más adelante, cuando tuve la oportunidad de ser coach, lo vi como una forma de devolver algo. Además, enseñar te obliga a entender aún mejor los temas. Ver cómo los estudiantes ganan confianza con el tiempo es algo muy gratificante.
Aprovechar las oportunidades que sí hacen diferencia
—Si tuvieras que elegir una oportunidad clave durante tu etapa universitaria, ¿cuál sería?
—Los moots, definitivamente.
No solo por lo técnico, sino por todo lo que implican. Te enseñan a trabajar con otros, a escuchar, a construir ideas en conjunto.
En la práctica profesional eso es esencial. Muchas veces, la mejor solución no es individual, sino el resultado de un buen trabajo en equipo.
El equilibrio entre estudio y trabajo
—¿Qué impacto tuvo en ti trabajar mientras estudiabas?
—Fue importante, pero creo que no es una regla general.
En mi caso, me ayudó porque aprendo mejor haciendo. Había conceptos que en clase parecían abstractos, pero en la práctica cobraban sentido.
Eso sí, siempre tuve claro que era un estudiante que trabajaba, no un trabajador que estudiaba. La prioridad debía ser la formación.
La universidad es un momento único para construir bases teóricas. Después, el ritmo profesional no siempre te permite volver a ese nivel de profundidad.
Consejos que nacen de la experiencia
—¿Qué le dirías a un estudiante de Derecho que quiere aprovechar mejor su carrera?
—Primero, que participe en todo lo que pueda fuera del aula. Ahí es donde realmente se forma.
Segundo, que aprenda a escribir bien. En Derecho, la forma en que expresas una idea puede ser tan importante como la idea misma.
Y tercero, que se exponga a retos. Salir de la zona de confort es incómodo, pero es lo que más hace crecer.
Más allá del Derecho: entender los hechos
—También cuentas con una certificación en fraude corporativo. ¿Cómo llegaste a eso?
—Fue algo que surgió de la práctica.
Me encontré con casos donde era evidente que hacía falta un conocimiento más técnico para entender lo que estaba pasando. No bastaba con conocer la norma.
La certificación exige preparación en varias áreas y experiencia comprobable. Es un proceso exigente, pero muy completo.
Lo que me motivó fue poder entender mejor los hechos. No solo qué dice la ley, sino qué está pasando realmente detrás de un caso.
Detectar lo que no se ve a simple vista
—¿Qué te ha dejado esa especialización?
—Principalmente, la capacidad de identificar patrones.
El fraude casi nunca es evidente. Se esconde en detalles: inconsistencias, estructuras complejas, pequeñas señales que, vistas en conjunto, cuentan una historia.
También aprendes a comunicar hallazgos de forma clara, algo fundamental cuando trabajas con jueces, árbitros o juntas directivas.
El fraude en la práctica
—Para cerrar, ¿Cuáles son los fraudes más comunes en el ámbito corporativo?
—Suelen ser malversación de activos, facturación ficticia, conflictos de interés no revelados y manipulación de estados financieros.
Para detectarlos utilizamos herramientas como el triángulo del fraude: motivación, racionalización y oportunidad.
De esos tres elementos, el único que puede controlarse es la oportunidad, a través de buenos sistemas internos.
Al final, lo importante es investigar bien y cuidar la evidencia. Si no puede sostenerse ante un juez, pierde su valor.
La conversación llega a su fin sin prisa. Más que respuestas cerradas, quedan ideas que invitan a seguir pensando: sobre la formación, la práctica y el sentido de la profesión.
—Gracias, Gabriel, por compartir tu experiencia.
—Gracias a ustedes. Siempre es valioso detenerse a reflexionar sobre el camino recorrido.